Paranoia
- 22 mar 2015
- 1 Min. de lectura
Corrí, corrí tanto como pude y entre más lo hacía, más cerca le sentía. Seguí apresuradamente, traté de ocultarme en varios callejones oscuros y sin embargo, siempre llegaba. Era como si pudiera prever cuál sería mi próxima parada.
Me atormentaba, sí, me atormentaba muchísimo, era como si nunca le pudiera tener, pero siempre me lo fuera a recordar, con susurros raspantes, que me hacían arder el alma.
Continuaba a paso rápido, me escudaba en las esperanzas –que nunca perdí– de que quizá podríamos unirnos en algún punto, pero eso era improbable, él estaba en un cuento distinto.
En ocasiones dejaba de correr; paraba unos minutos, reposaba y olvidaba mi correría, pero ese sentimiento de vacío no me abandonaba, seguía ahí, cerquita… y por supuesto, mi apuro recobraba sus fuerzas y me obligaba a seguir.
En un punto, cuando me detuve por completo, lo entendí: nunca me abandonará, porque a lo que le huyo es a mí.

Comentarios