Infinito
- 7 abr 2015
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Me levanté, caminé una y otra vez, tropecé -varias veces- y continué. Divagué entre callejones, algunos oscuros, otros brillantes como la luz del sol. En ciertos tramos me cansé y osé a desistir, pero mi conciencia -que al parecer funciona- me lo impidió y seguí moviéndome. Hubo muchos obstáculos en mi trayecto: abismos, trampas, caídas, rasguños, rodillas sangrantes; también instantes de profunda felicidad, de iluminación y efervescencia. Cuando creí que todo había terminado, que ese viaje sin maletas que empredí simplemente no tenía más por donde ir, noté que nunca cesaría -o al menos yo jamás lo sabría-; me di cuenta que vivir se trata de eso, de disfrutar de las carreteras rocosas y no pensar en las ampollas, sino en el paisaje, de entender que por más que creamos comprender, hay un infinito que nos espera, hay un final que no conoceremos y hay un destino, cuyo nombre no sabemos.

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