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Miedo

  • 11 abr 2015
  • 1 Min. de lectura

Tenía el corazón agitado, las manos le sudaban frío y sus párpados se encogieron. Casi lloraba, temblaba como nunca, las venas de sus extremidades se empezaron a notar a causa de su palidez. "Me sigue" dijo con dificultad. ¿A qué se referirá con eso? No lo supe... hasta ese momento. Una mañana me levanté con los mismos síntomas; se supone estaba sola pero algo me seguía, estaba conmigo -nadie más le veía-. Era impresionante cómo un ente intangible podía sentirse de una forma tan vívida. Empecé a correr, traté de huir, ¿qué es esto? Pensé en silencio; era como si me estuvieran jugando una mala broma, una muy pesada, por venganza quizá. Me atormentó su presencia por un buen tiempo, sentía cómo se reía de mí, cómo mi tortura le era hilarante. Un día le enfrenté y de repente no era yo quien se atemorizaba. Cuando le vi lejos, diminuto, destruido y sin poder sobre mí, me alegré. Vencí el miedo, concluí.


 
 
 

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