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Al escuchar una canción

  • 4 jun 2015
  • 1 Min. de lectura

Bien se podría pensar que la pena solo aparece en situaciones consideradas universalmente como hirientes -la muerte de un ser querido, por ejemplo-, pero hay momentos, que aunque podrían verse como irrelevantes, con el paso del tiempo causan nostalgia.

Conocer una banda y admirarla, seguir sus canciones, aprendérselas, llorar y reír con ellas; ver sus vídeos y sentirse parte de otra dimensión por un par de minutos, tener amigos que se identifican con el sentimiento y compartirlo con gozo, ver sus recitales en televisión y pensar "¡qué putería!"; hablarle a los pares de la genialidad de esta agrupación hasta el punto de agotarlos; leer sobre ellos, incluso dibujarlos. Escuchar al vocalista en entrevistas y percibir su inmensa honestidad, su carisma, la pasión por lo que hace, que ya ni su cuerpo puede contener, y que en el interior una vocecita susurre "quiero copiar eso de él".

Cuando se vibra tanto por algo y se tiene la oportunidad de conocerle, de verle en vivo y materializar eso que fue siempre un intangible, la emoción impregna al ser y le hace fantasear, pero cuando por algún motivo -conspiración maligna, quizá- se pierde esa coyuntura y el anhelo se escurre entre los dedos, es cuando se entiende cómo pequeños detalles pueden significar mucho para algunos y nada para otros


 
 
 

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