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Imaginarios

  • 24 jul 2015
  • 1 Min. de lectura

Vivió para amar, amó para sufrir, sufrió por decepción, se decepcionó por la fallida ilusión y estropeó su corazón. Caminó un poco más y en medio del temor, halló el anhelado fulgor, que por culpa del rencor, apagó con desdén. En medio del caos, unió sus manos, tembló en vano y en silencio se marchitó.

La ira le carcomió, el miedo le consumió y la culpa de no haber aprovechado el momento de dicha, más aún le marchitó. Por fin llegó a la paz y en la mitad del ocaso, notó cuán viejo estaba y lo poco que aprovechó un instante que pudo ser feliz, pero terminó siendo mate y gris.

¿No fue entonces su vida, la reducción lenta de fantasías perfectas, que se tornaron perversas y se lo llevaron a cuestas, echando a la basura el tiempo que no aprovechó, absorbido por la premura? Triste y trágico, querido amigo, es existir mirando a las nubes, en busca de la tierra, tomando a los imaginarios como realidades palpables, que por mucho que se quiera, nunca convertirán en verdad, todo lo que es irreal.


 
 
 

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