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Frenesí de jueves

  • 27 ago 2015
  • 1 Min. de lectura

Siempre se ve lejana, imposible.

Desperté bien y, la verdad, no recuerdo haberme acostado nunca, o quizás sí. La cabeza me juega trucos, me hace malas pasadas, crea recuerdos que veo con tanta nitidez, que simplemente no puedo calificar como inciertos.

Todo empezó ese día, cuando pasé esas tormentosas horas acostada en la cama. Luces; sonidos, algunos estridentes, otros muy tenues; ¡explosiones, estallidos! Luego la calma. Calma, ¿será verdadera? ¿Duradera? No lo sabía, sigo sin saberlo. Uno no valora el sosiego cuando en el se encuentra, la cordura la toma por sentado. Pero esos tiempos de reflexión son fugaces, el ruido vuelve y ciega mi razón, una, otra vez. Otra más. ¿Cegará mi razón mañana? ¿Y el día inmediatamente después? No lo sé y no le tengo miedo. Perder la cabeza no es lo que me preocupa, lo escalofriante es cuando analizo todo, aquí, atada, cuando entiendo que les creí y que quizá no soy yo la discapacitada, sino ellos, teniéndome así, alcanzando la locura con mis propios pensamientos.


 
 
 

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