top of page

Cortito - Sin nombre

  • 4 oct 2015
  • 1 Min. de lectura

Un día lo sacaron de casa y lo único que alcanzó a ver fue a su familia impávida y a la vez temblorosa en el umbral de la puerta.

Lo arrastraron sin escuchar sus súplicas y, a empujones, lo metieron en una vieja van, junto a varios que tenían su misma cara de desconcierto. No tuvo necesidad de hablar para saber que a todos les habían hecho lo mismo.

Luego de un camino tortuoso, llegó a un sitio temible, oscuro y con un aire a infierno palpable en el ambiente. Estuvo allí mucho tiempo -no recuerda cuánto- y su estadía constó de largas sesiones de grupo, medicamentos fortísimos y enormes ganas de matarse.

Un día, en el único momento del día que tenía para sí -la ducha-, empezó a pensar en el porqué de su captura y notó que nunca había hecho nada mal, no que recordara. Su gran enfermedad eran las ganas que tenía de cambiar la porquería de sociedad en que vivía, planeaba donar parte de su sueldo a ese planeta que le permitió existir y aún apreciaba la belleza de una flor. ¡Vaya! Conciencia para unos, demencia para otros.


 
 
 

Comentarios


bottom of page