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Sobre las casas de sacrificio

  • 5 ene 2016
  • 1 Min. de lectura

Me pregunto qué pensarán los intrépidos al llegar a casa luego de su jornada laboral, ¿sonreirán?

Quisiera saber si estarían de acuerdo con que alguien osara a reproducir sus proezas diarias en sus hijos, ¿aceptarían?

Es curioso que hablemos de “humanidad” cuando en sus miembros no hay el más mínimo asomo de sentido humano. Es cierto, no somos lo bastante superiores como para salirnos de la cadena alimenticia, es un ciclo al que pertenecemos todos, de otro modo habría caos, ¿pero es necesario torturar a nuestras presas antes de? Que yo sepa, ningún león enjaula venados en espacios apenas habitables por días –o meses–, quitándole a sus crías, privándoles incluso de la luz del sol, como ritual preconsumo, ellos las acechan de improvisto y acaban con sus vidas en segundos. Pero claro, ¡cómo olvidar el dinero! Esa cosa que guía hasta nuestra respiración. De ahí que la poca bondad que nos queda se vaya esfumando. Por unos cuantos billetes que nos dan buena vida, acabamos hasta con los árboles, que en serio nos dan vida.

Retomando las casas de sacrificio, es que incluso su nombre deja mucho que desear. ¿Sacrificio? ¿Por qué? ¿No deberían ser un poco más amigables? Que yo sepa los animales que allí viven están por perder sus vidas para nutrirnos, ¿no deberíamos ser más amables? Dándoles, no sé, luz solar, pasto, aire fresco, un amigo, o por lo menos la oportunidad de alimentar a sus crías. Que yo sepa, en nuestro mundo esos son básicos vitales, mismos que el ganado –o de cualquier industria alimenticia–, por su sabor, nunca puede tener.


 
 
 

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