Una lágrima
- 18 nov 2019
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A veces la música tienen un poder curativo más grande de lo que pensamos. Hemos escuchado mil canciones que evocan la melancolía, pero de oírlas a sentirlas hay un paso importante que conlleva más elementos externos, como las lágrimas; tener los ojos llenos de ellas es el primer paso para acentuar en nuestra mente el poder de un solo de guitarra, de una frase, de una historia contada con ritmo. Las lágrimas no son agua que corre por las mejillas, son momentos encapsulados en pequeñas gotas que no salen de los ojos, sino del corazón. Cuando cada palabra modulada por un cantante llega directamente a las entrañas y se anida en ellas en forma de nudo es cuando sabemos que la fórmula está completa. Las lágrimas no salen porque sí, ellas tienen el poder liberador que la canción tuvo para su intérprete y se nos dieron como el arma secreta que nos hace humanos sensibles, a quienes el dolor les pega como un camión. Cuando algo se sobrecarga no funciona, y el único técnico que puede arreglar el sobrecogimiento del alma es el dolor diluido en sabrá Dios cuántos elementos químicos. Las lágrimas no acongojan, son el pase a la libertad.

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