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Hilo rojo

  • 24 nov 2019
  • 1 Min. de lectura

Varias veces me he preguntado adónde van las cosas rotas: los pensamientos relámpago, los dibujos interminados, las ideas no escritas. Hoy me pregunto adónde va ese hilo rojo del que todos hablan pero nadie ve. Dónde quedó la chispa que salió cuando descubrimos que nos gustaba el café después de clase y la misma banda noventera, 'underground', en épocas de crisis. Adónde se van las miradas a la luna con la esperanza de que está última sirva de espejo ante la distancia. Dónde –que alguien me diga– se almacenan los excesos de latidos cardiacos que se anidaban en el pecho mientras hablábamos. Adónde van los viejos amores y los momentos únicos que cada uno trajo consigo. ¿Dónde está la complicidad? ¿Dónde se alojó el idilio?

¿Será que sigue por ahí la excusa que inventé para hablarte, siendo reciclada por otra chiquilla inexperta? ¿Siguen tus lentes embebidos por mi aliento? ¿Adónde se fue el tacto cómplice y secreto que tuvimos mientras los otros conversaban? No sé. Tampoco sé por qué escucho Stone Temple Pilots y me acuerdo de vos. O pienso en los textos tuyos que nunca leí. No sé por qué te dedico mi noche dominical en párrafos sueltos mientras canta, precisamente, Scott Weiland. No me cabe en la cabeza que siga pensándote. Y a vos. En la misma medida. Con distinta intensidad.


 
 
 

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