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La matrona

  • 11 sept 2020
  • 2 Min. de lectura

Hoy me puse a pensar en las costumbres de los colombianos, o los paisas (oriundos de Medellín), que son los que conozco, y las interminables contradicciones a las que estas se enfrentan cuando de actuar se trata. Para nosotros "madre solo hay una" y defendemos a capa y espada a esa mujer que nos dio la vida: una mamá no se toca y el que se atreva, no solo se las ve con sus hijos, sino con los medios y las 100 publicaciones en redes sociales que se resumen en un hashtag. Esto es bonito, ¿no? Ese sentido de arraigo y amor por nuestras progenitoras. Lo que me cuestiona es que hay una matrona, LA MATRONA DE MATRONAS, que no recibe ni una pizca de respeto, ni una lágrima, ni una indignación. Lo peor es que ese porcentaje bajo de gente que sí la quiere y busca su bienestar es tildado de mamerto. Sí, señores, hablo de la Madre Tierra. No, no soy una mamerta y no, no me voy a amarrar a un árbol por escribir este texto.

Madre, según la Rae, es la "causa, raíz u origen de donde proviene algo" y en ese orden de ideas, la tierra es madre de todos nosotros, pero la tratamos como un proveedor de bienes de uso rápido que tiene recursos ilimitados para una sola de sus millones de especies (nosotros, por supuesto). A nadie le importa una mata de perejil si las señales que nos da nuestro entorno son de peligro, o si nuestros hermanos animales sufren por nuestra causa. Nuestra madre sangra como nunca y lleva varias décadas en una agonía incesante que parece ser invisible.

¿Acaso ella no merece consideración? Ella, la que nos permite a todos estar aquí, haciendo lo que nos place. Destruyéndola, incluso...


 
 
 

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