A mi larva atómica
- 24 feb 2023
- 2 Min. de lectura
Mi niño, mi pínchipe, mi ñiñi, el primer peludito que llegó a mi vida, a llenarla de retos, de aventuras y de mucho amor. Yo sabía que mi pequeña larva atómica estaba envejeciendo y que, inevitablemente, llegaría el día en que no estaría con nosotros, lo que no me esperaba es que fuera "tan pronto". 14 años en un perro es un montón, pero para mí se pasaron volando y se me escaparon entre los dedos. Siempre lo mimé y le di a entender lo mucho que lo amé, solo que a la hora de haberlo encontrado así, con los ojitos abiertos y la mirada perdida, sentí como si no hubiera hecho lo suficiente, como si le hubiera quedado debiendo caricias y palabras de afecto.
Ese día de febrero lo puedo nombrar como el peor de toda mi vida. Solo comparo ese dolor que sentí en el pecho como cuando el hombre que pensé iba a ser mi esposo, decidió marcharse. Caminé por la orilla de la quebrada esperando que fuera mentira, que el niño no fuera el cadáver que se encontraron allí. Corrí hacia el agua con mi ropa puesta y lo vi acostado, siendo devorado por un ave de rapiña. Me quedé sentada en el agua con el corazón destrozado –así lo sentí, literalmente–, mi mamá lo recogió y se fue, pero yo solo esperaba que todo fuera un mal sueño.
Hoy entiendo que te tenías que ir, y aunque en medio de la ansiedad yo piense que no te demostré suficiente amor, espero que desde el cielo de los perritos leas estas palabras y recuerdes que eres un ángel que marcó a muchas personas en la tierra, que fuiste el peludo más amado de todas las galaxias y que espero encontrarme contigo al final del arcoíris para que terminemos este viaje juntos y empecemos uno nuevo.

Comentarios