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Capas

  • 18 nov 2021
  • 2 Min. de lectura

Mi primera noche, mi debut. Todavía recuerdo lo espléndido que me sentía. Estaba recién puesto, aún olía el pegamento fresco a mis espaldas. El huésped que me instaló tenía unos 75 años. Honestamente, parecía de 90, pero, ¿Quién soy yo para juzgar? Quizá el olor a pegamento nubló mis sentidos. Sí, dejen de mirarme, yo tengo sentidos. Bueno, ¿en qué estaba? Ah, sí, el pegamento. Algunos inquilinos utilizan más o menos de él. Honestamente, no sabía qué esperar, era mi primera noche colgado en la pared, la emoción de todo lo que había escuchado estaba a flor de piel —o en mi caso, a flor de papel— y nunca pensé que llegaría el final. Al menos no tan pronto, aunque convivía con un hombre de 90 años. O 75.


El moho no es el peor enemigo, aunque no lo crean. Lo malo viene cuando nuevos visitantes deciden ver la casa con ansias de comprarla, pero dicen en voz alta, como si mis sentimientos no valieran un peso, cuán feo estoy y cómo yo seré lo primero que reemplacen cuando se muden acá. ¿Acaso no saben de historia? ¿No entienden sus minúsculos cerebros cómo yo le doy valor a la propiedad, porque la mantengo original? Es qu...


—Sí amiga, ya casi salgo, me retoco el labial y voy para allá. Sí, no me demoro. ¡Claro que estoy lista! ¿Te mando una foto para que veas? OK, besos.


—Claro, ¿Qué pueden esperar, si ese es el tipo de personas que habitan la casa? El anciano de 90, 75, o los que sea, no era precisamente el roomie soñado, pero si yo hubiera sabido que lo iban a reemplazar, 50 años después, con una mocosa desconsiderada que solo piensa en fiestas y muchachitos mugrosos que no valen la pena, tal vez me hubiera tomado más tiempo en apreciarlo.


Pero bueno, sigamos con la historia. El pegamento... no, no, de él ya conversamos. Los nuevos visitantes. Sí, son un dolor de muela. Recuerdo la primera vez que me pusieron una capa nueva. El olor a pegamento no era ya agradable ni emocionante, era el recordatorio de mi obsolescencia. El primero es siempre el más doloroso, el que sentía directamente en mi piel, como una astilla indeseada; pero mi astilla cubría toda mi existencia. Luego vinieron otros colores, nuevos diseños. Cada vez pasaba menos luz a través de mis poros. Me fui desvaneciendo y el olor a pegamento nuevo y desgastado era tan abrumador que mis fibras se iban condensando con las de otros, hasta que casi perdía mi propia esencia.


Capas, capas, cada vez más capas. No sé cómo pude guardar la cordura. Mi vida y su duración dependen del mal gusto de cualquiera que pueda pagar por mi hábitat.


Todavía recuerdo la quinta capa: ahí me quedé ciego. Lo poco que podía husmear con mis desgastados ojos se fue por el escusado. Por eso hoy solo escucho los llantos impertinentes de la chiquilla de turno.


Vivir tras las capas es como morir en vida. No sé cuándo parará el sufrimiento ni cómo podré librarme de él. No sé por qué estoy tan solo, en una dimensión plana estripada entre papeles, pegamento, historias diversas y lo más doloroso, una existencia atrapada en el olvido.

 
 
 

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