Decepciones
- 10 oct 2025
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He pasado casi tres décadas pensando que la música es mi mejor amiga. La mitad de mi vida, pensé que era mi única amiga. Tristezas, alegrías, esperanza, anhelos, miedos... en cada etapa, mi banda sonora encajaba con lo que sentía y me hacía compañía cuando ―erradamente― creía que no había nadie más.
Con los años, para mi dolor, dejé de lado esa idealización del arte sonoro, porque entendí que detrás de su magia hay personas, de esas de las que tanto me quejo: maliciosas, con corazones rotos que hieren; codiciosas, enfermas, contaminantes, cancerígenas. Y sí, eso de desprender al artista del arte suena bien en palabras, pero apoyar el trabajo de entes que no se alinean con lo que eres, es darles herramientas para seguir llenando de maldad al mundo.
Entonces entra la dicotomía entre disfrutar a ciegas y ser parte del problema o ponerte de inspectora y encontrarte con que no podrás escuchar nada de lo que te gusta porque finalmente, todos somos la plaga terrestre.
Y es que el mundo de la música supone presiones mayores que las que vivimos los profesionales convencionales: vicios, fama, dinero repentino. Y aceptémoslo, los humanos no estamos preparados para ser humanos. Los ideales se diluyen en circunstancias y los valores tienen la durabilidad del papel de arroz.
¿Será momento de escribir mis propias canciones? ¿De escuchar lo que produce la IA? ¿O será esta la señal para entender de una vez por todas que la música no es más que eso, ruido que ambienta pero no acompaña?

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