top of page

El Sacerdote

  • 3 may 2021
  • 2 Min. de lectura

Vive en una mansión natural increíble para la mayoría de ojos humanos. Plantas nunca vistas y animales creídos extintos por estudios recientes. Aparentemente es una casa normal, con un par de materas en el balcón delantero que poco hablan de lo que hay adentro. La magia empieza a unos diez pasos de la entrada principal. Nadie podría siquiera sospechar lo que hay tras pasar el umbral. Un árbol de casi 15 metros de altura abraza una de las columnas y allí cuchichean varios tipos de cóndores y otras aves no identificadas. Luego vino el agua, a temperatura perfecta para el clima del día, salpicando a quien se atreve a ingresar. Entonces llega el momento de tomar decisiones: ¿adentrarse en lo desconocido o conformarse con las maravillas ya vistas? Adentrarse, adentrarse.


Luego de caminar por casi 20 minutos a través de enredaderas y flores de colores, un sapo amarillo chillón hace un ademán de invitación a una cueva situada en la periferia. El Sacerdote interviene por vez primera y advierte peligro. Sigue la caminata entre charcos de agua y fango, con árboles que ya pasan los 40 metros de altura. En ese punto las aves están calladas, o tal vez, por la lejanía, sus voces son silenciadas. Llega un baño de hojas bañadas en oro. Su brillo es inclemente a la vista y el sollozo es inevitable. El Sacerdote sonríe porque sabe que sus ejemplares son únicos e intocables, porque todo aquel que habla de ellos es visto como demente.


Una hora, dos, tres. ¿Cuánto falta? El Sacerdote no modula palabra, la paciencia lo corona. Entonces llega una niebla celeste que cobija la ahora evidente sabana. ¿Es una casita? Se ve al fondo como conclusión a una tarde inimaginada. "Nada de casitas", responde el Sacerdote apresurado. Esa es la Gadda da Vida.

 
 
 

Comentarios


bottom of page