Pyro Joe
- 21 sept 2021
- 2 Min. de lectura
La justicia es radical y tiene normas tan establecidas que van en contra de la naturaleza subjetiva de los humanos. Un asesino es un asesino y merece dos cosas: o morir o pasar el resto de su vida en aislamiento. ¿Y sus circunstancias qué? A veces importan y a veces no, todo depende de lo influyente que sea esta persona, de sus contactos y de cuán mediático sea su juicio.
Tuve la oportunidad, o la desgracia, de escuchar sobre Pyro Joe —porque hasta eso hace la justicia: reducir la identidad de quien comete un crimen a un seudónimo— Joseph Murphy pasó la peor infancia que cualquier niño podría tener, de esas que ni un cineasta de terror se atrevería a inventar; parafraseando sus propias palabras, cualquier cosa en prisión es mejor que estar en casa. Joseph ha vivido toda su vida, desde los seis años, entre correccionales, hospitales mentales y la cárcel. Sus papás fueron villanos que quizá, como él, fueron víctimas de las circunstancias, pero impregnaron en su hijo todo lo que está mal. Su papá, por llamarle de alguna manera, lo ofreció como medio de pago a un vendedor de licor porque no tenía dinero —no es necesario contar qué hicieron con él— y un día lo prendió en fuego para que la trabajadora social no viera sus cicatrices de maltrato. ¿De verdad podemos culparlo por no ser un modelo a seguir?
Joseph mató a una mujer inocente que no merecía un final así. ¿Estuvo eso bien? No, pero, de nuevo, ¿podemos culparlo por no ser un modelo a seguir?
Desde que entró a la cárcel no ha recibido una llamada, una visita, una señal de vida de su familia. Ha pasado la mayor parte de su condena en aislamiento y ha esperado que la muerte le llegue cuando quiera. Estuvo condenado a pena de muerte pero fue absuelto por su pasado. Ahora tiene amigos y un empleo —si es que puede llamársele empleo a ganar 16 dólares al mes—. Para él, la cárcel es su hogar, uno donde está protegido del velo de maldad que lo cubrió desde que nació, como una deuda sin saldar que él no se buscó.
La vida de Joseph es peor que una tragedia terminó plasmada en una serie documental de Netflix para atraer audiencia a través del morbo. Sus cinco décadas de dolor terminaron reducidas a unos minutos de narrativa comercial que entretuvieron a muchos y marcaron a otros, incluyéndome. Me pregunto, ¿cómo puede uno creer en el bien si pasan cosas como estas? ¿Si la desigualdad entre nosotros es tan marcada, que podemos crear shows de televisión a partir de las desgracias ajenas? Dios, Universo, Destino: si estás ahí, manifiéstate.

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