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Un año más. Fatídico para algunos -guerras, especies en peligro-, esperanzador para otros pero, sin duda, inolvidable en todo caso.

Se fue este 2016 y con él preocupaciones de antaño; me dejó nuevas personas y me quitó antiguas; me permitió culminar metas; conocer libros, lugares, música -mi parte favorita-; pero hay algo que destaco: cambió mi visión hacia ciertas cosas, pude replantear conceptos, apreciar aquello que daba por sentado. Este año me trajo lágrimas y risas a capricho, me llevó por primera vez al quirófano, me impuso retos y, en suma, me dio la oportunidad de madurar.

Hoy, ad portas del 2017, no tengo más que la necesidad de agradecer, de reputar mis logros y las personas que me rodean, de entender que el lugar en el que estoy es el mejor en el que podría encontrarme, de que voy a mi propio paso y que todo lo <<negativo>> que me suceda de ahora en adelante, no constituirá más que gajes del oficio. Es casi 31, ¡espero con ansias el pastel, el lechón, el arroz con atún y, quién quita, hasta el ron!

¡Nuevo año, nueva rodilla y nueva vida! O por lo menos, una buena renovación en cada uno de esos aspectos.


Hace un poco más de un año me encontraba en Nueva York, ciudad que, para mí, representó la condensación de recuerdos: escenas de películas, instantes de infancia que retuve gracias a la televisión y, por supuesto, experiencias nuevas que se mezclaron y me hicieron amar ese lugar.

Si bien disfruté cada detalle de mi estadía, hubo algo que resaltó: esa tarde de tour por la ciudad, a bordo de un bus alto, en un barrio cualquiera, cuyo nombre -desafortunadamente- no conozco. Pasaba por allí y lo vi: fumaba en franela blanca, desordenado, pensando, posiblemente en el tema de su próximo libro, o en qué comería cinco minutos después, no lo supe. Ni me miró, no se percató de que estaba allí, pero yo, cual pitonisa, supe exactamente cómo era su hogar, cuán acogedor sería vivir allí, qué tan lascivo sería sostener una conversación en ese balcón, cerca a la escalera de escape, con él.

Meses después regresé a Medellín y, por casualidad, conocí una nueva banda y, por consiguiente, una nueva canción. Cuando empezó, prosiguió y terminó, sentí esa a esa tarde recorrer mis venas, reviví la sensación exacta de ese cuasi anochecer en el bus. Me aventuré a 'googlearla' -a la banda- y, sin sorpresa, me topé con la frase: "oriundos de Nueva York".


  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

Es Navidad, la fecha más anhelada del año -al menos para mí-. Hoy, más que en cualquier otro diciembre, las emociones se cruzan: muchos partieron; el mundo no está precisamente en su mejor momento: hay quienes sufren, quienes padecen, hay guerras, la hambruna es palpable, el calentamiento global continúa, algunas especies entraron en la lista roja por peligro de extinción, animales serán sacrificados brutalmente en pos de alimentar a un par de borrachos egoístas y, en síntesis, las cosas -fuera de mi hogar- no van nada bien. Por otro lado percibo un grata sensación de confort: reuniones familiares, "traídos", llamadas y mucha, mucha felicidad.

¿Cuán injusto es entonces que mientras algunos gozamos, otros tantos agonicen?, ¿no es un tris agridulce llenar nuestras vidas de amor y compañía, mientras estamos conscientes -por medio de pantallas- de que hay miles de familias huyendo a hurtadillas, sabiendo que esta podría ser su última noche?

Querida humanidad, mi deseo en estas fiestas, cual cría pequeña que espera al Niño Dios, es que por fin las cosas cambien -más, mucho más- y que esta sociedad se des-curta cada día, hasta que llegue ese momento en que todos disfrutemos por igual.


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