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  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

He pasado casi tres décadas pensando que la música es mi mejor amiga. La mitad de mi vida, pensé que era mi única amiga. Tristezas, alegrías, esperanza, anhelos, miedos... en cada etapa, mi banda sonora encajaba con lo que sentía y me hacía compañía cuando ―erradamente― creía que no había nadie más.


Con los años, para mi dolor, dejé de lado esa idealización del arte sonoro, porque entendí que detrás de su magia hay personas, de esas de las que tanto me quejo: maliciosas, con corazones rotos que hieren; codiciosas, enfermas, contaminantes, cancerígenas. Y sí, eso de desprender al artista del arte suena bien en palabras, pero apoyar el trabajo de entes que no se alinean con lo que eres, es darles herramientas para seguir llenando de maldad al mundo.


Entonces entra la dicotomía entre disfrutar a ciegas y ser parte del problema o ponerte de inspectora y encontrarte con que no podrás escuchar nada de lo que te gusta porque finalmente, todos somos la plaga terrestre.


Y es que el mundo de la música supone presiones mayores que las que vivimos los profesionales convencionales: vicios, fama, dinero repentino. Y aceptémoslo, los humanos no estamos preparados para ser humanos. Los ideales se diluyen en circunstancias y los valores tienen la durabilidad del papel de arroz.


¿Será momento de escribir mis propias canciones? ¿De escuchar lo que produce la IA? ¿O será esta la señal para entender de una vez por todas que la música no es más que eso, ruido que ambienta pero no acompaña?

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    Celeste Granda

Cada vez que paso por ese lugar, esa esquina, la única frase que se me viene a la cabeza es: "apología a la tragedia".


Todos pasan, incluso pisan el cadáver de un soldado de la Tierra. Un servidor de aves, hongos, ardillas y "humanos". Seguramente estuvo por décadas ahí, combatiendo a las tormentas inesperadas y las sequías.


Por lo que se ve, su mayor lucha fue con el concreto, peleando por su territorio a través de sus raíces. Parece que estuvo a punto de salir victorioso.


El guardián silencioso del oxígeno murió sin causa justa. Puedo apostar mis lápices y papeles a que fue porque "bloqueaba" la vista de alguien o "tapaba" alguna fachada. Allí derramó su savia y quedó parte de su tronco. Pero a nadie le importa. Lo pasan de largo y yo solo puedo pensar... "una apología a la tragedia".

  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

Actualizado: 27 mar 2024


Hace unos meses que no escribo para mí. Puede parecer algo trivial, pero es curioso cómo todos los días me dedico a sacar ideas de mi cabeza, a exprimir mi cerebro y dar con ese "algo" especial para un montón de marcas que no tienen nada que ver conmigo. No me tomen a mal, yo amo mi trabajo y me siento honrada de poder dedicarme a la creatividad, a esa de la que me dijeron que no podría vivir, por allá cuando era adolescente; pero está la sensación de que últimamente he dejado de lado este pasatiempo que por años me llenaba de ilusión.


Pensamientos Celestes no empezó como tal. En un principio, mis escritos iban a dar a la sección de notas de Facebook. Ahí recibía un par de "me gusta" y sentía que valía la pena. Luego, en la universidad, una compañera me dijo que un blog podía ser parte de mi portafolio profesional, dado que en ese momento no tenía experiencia, ni nada que mostrar. Decidí entonces aventurarme a compilar todo lo que había escrito y mostrarle a mis potenciales empleadores una parte importante de mí. En Pensamientos Celestes escribí sobre amores fugaces, sobre amores marchitos, sobre ocurrencias aleatorias, sobre conceptos, sobre la naturaleza y sobre temas que me sacaron las lágrimas. Mi alma plasmada en letras, quedó a merced de desconocidos para que, quizás, dieran clic en el enlace adjunto en mi hoja de vida y descubrieran mi potencial.


Hoy tengo mucho más para mostrar (profesionalmente, en mi portafolio, una vez vacío) y tal vez por eso abandoné este ejercicio juicioso que una vez amé. Hoy regreso, recordando por qué empecé a escribir. Vengo a vaciar mi mente y a teclear cosas que no van para nadie más que para mí. Sobra decir que se siente bien.

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