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  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

No es un momento, un pasatiempo o entretenimiento, es un estilo de vida; es llorar de felicidad, es querer siempre más y más. Es reunirse con extraños y sudar a mares, es melodía silente y amor evidente.

Lo que te hace vibrar implica sacrificios que bien valen la pena, porque para un sueño vívido, todo es poco.


  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

Un día lo sacaron de casa y lo único que alcanzó a ver fue a su familia impávida y a la vez temblorosa en el umbral de la puerta.

Lo arrastraron sin escuchar sus súplicas y, a empujones, lo metieron en una vieja van, junto a varios que tenían su misma cara de desconcierto. No tuvo necesidad de hablar para saber que a todos les habían hecho lo mismo.

Luego de un camino tortuoso, llegó a un sitio temible, oscuro y con un aire a infierno palpable en el ambiente. Estuvo allí mucho tiempo -no recuerda cuánto- y su estadía constó de largas sesiones de grupo, medicamentos fortísimos y enormes ganas de matarse.

Un día, en el único momento del día que tenía para sí -la ducha-, empezó a pensar en el porqué de su captura y notó que nunca había hecho nada mal, no que recordara. Su gran enfermedad eran las ganas que tenía de cambiar la porquería de sociedad en que vivía, planeaba donar parte de su sueldo a ese planeta que le permitió existir y aún apreciaba la belleza de una flor.

¡Vaya! Conciencia para unos, demencia para otros.


  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

Cerca de la 33, por toda la 80, hay una plazoleta grande y vacía, rodeada de oficinas, bares, restaurantes y –últimamente– peluquerías y tiendas para el hogar. De tanto en tanto sirve de escenario para el Grupo Suramérica, para vendedores ambulantes que juegan al San Alejo o para las señoras de edad que van a una ronda de aeróbicos mal hechos. Lo que sí es una constante es la dinámica que este sitio acuña cada fin de semana: servir de punto de encuentro.

Mis primeros recuerdos de la Villa son en el colegio, cuando mi hermana, siete años mayor que yo, iba a tomar pola con sus amigos. Yo moría de rabia porque, según mi mamá –y el sentido común, realmente–, no tenía edad para ir. Cuando entré a la pre-adolescencia puede hacer mi debut en el lugar y le adopté como mi parche sabatino por más de una década y contando. Allá conocí amigos y al vino de maracuyá; tuve conversaciones, ilusiones y romances; tejí mil y una historias que todavía recuerdo y estrené manillas de cuero y chaqueta de mezclilla, en atuendos que en su momento me encantaron.

En la Villa me senté a cantar y a escuchar al que me gustaba tocar guitarra; me empapé al compás de la lluvia y me prendí con shots de dudosa procedencia. La Villa me permitió escuchar a Nadie en vivo –aunque fuera de lejos– y me dejó ver de cerquita al guitarrista de Masacre. En la Villa supe lo que es comer mal –pero rico–, tomar alcohol etílico disfrazado de vodka decente y crecer junto a un montón de gente con la que aún hoy hablo.

En la Villa vi la transición de metaleros pelilargos a abogados motilados; de amigos a desconocidos; de amantes del lugar a renegones del mismo; de alcohólicos a abstemios; de parceros a novios; de adolescentes a adultos y de colegiales a profesionales.

Resumiendo, si me preguntan hoy por ese sitio cerca de la 33, donde hay una plazoleta grande y vacía, rodeada de oficinas, bares, restaurantes y –últimamente– peluquerías y tiendas para el hogar; diría que me sigue gustando aunque me echen a las 11, que me parece agradable para pasar el rato, que está impreso en un pedacito de mí y que el que me quede “a un bus” de la casa, solo puede darle puntos y mantenerlo en mi lista de espacios locales queridos.


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