- Celeste Granda
¿Qué podía hacer Pepe Sombrero, cuando la única tienda que le proveía la razón de su apellido, cerró sin dar previo? Pepe compraba dos sombreros a diario, uno para el día y uno para la noche –a veces otro a mediodía, con él nunca se sabía–. Nunca quiso decirle a nadie la razón de su obsesión, pese a ser famoso por su condición. Lo miraban, sí, lo admiraban, también. Cuando el almacén cerró, entró en depresión; el pueblo lo visitaba, sí, “pobre Pepe”, murmuraban; al principio todos se condolían, hasta que un día, sin razón aparente, nadie lo visitó, ningún ser humano le llamó, “¿qué putas pasó?”, se preguntó, y a la calle salió en busca de explicación; ¿con qué se topó? Con el Gato con Botas –mucho cabrón–. “¡A falta de sombreros, mejores son botas!”, el pueblo exclamó. “¡Toda la plusvalía perdí!” concluyó.
- Celeste Granda
Asediando las calles de Medellín, el asesino serial más temido de todos los tiempos merodea libre y sin tapujos cada noche. “¡Cuídese, señora!” –palabras nunca dichas–. El asesino serial camina libremente y hace daño sin asomo de ruido, ejecuta crímenes perfectos, pero hágase énfasis: en silencio. El malhechor actúa con tal sigilo que solo un águila podría capturar su movimiento, se desliza cual anguila.
¡Menuda coincidencia! Actúa como las mentes: estropea y cicatriza por lo bajo, pero hágase énfasis: en silencio.
- Celeste Granda
No sé qué sórdida mente tiene el destino para andar siempre hiriendo a los indefensos, para acabar con los menos fuertes, para torturar a los sin voz, para acribillar las ilusiones y pisotear los sueños. No me cabe en la cabeza cómo puede deleitarse con el sufrimiento ajeno, cómo es que prefiere hacer que el verdugo pague luego de llevar a cabo el mal, en vez de evitarlo desde un principio. No sé en qué pensaba cuando dejó crecer el miedo en la humanidad, la codicia y el poco corazón. Oh destino, qué ente tan cruel eres
