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  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

Un día lo sacaron de casa y lo único que alcanzó a ver fue a su familia impávida y a la vez temblorosa en el umbral de la puerta.

Lo arrastraron sin escuchar sus súplicas y, a empujones, lo metieron en una vieja van, junto a varios que tenían su misma cara de desconcierto. No tuvo necesidad de hablar para saber que a todos les habían hecho lo mismo.

Luego de un camino tortuoso, llegó a un sitio temible, oscuro y con un aire a infierno palpable en el ambiente. Estuvo allí mucho tiempo -no recuerda cuánto- y su estadía constó de largas sesiones de grupo, medicamentos fortísimos y enormes ganas de matarse.

Un día, en el único momento del día que tenía para sí -la ducha-, empezó a pensar en el porqué de su captura y notó que nunca había hecho nada mal, no que recordara. Su gran enfermedad eran las ganas que tenía de cambiar la porquería de sociedad en que vivía, planeaba donar parte de su sueldo a ese planeta que le permitió existir y aún apreciaba la belleza de una flor. ¡Vaya! Conciencia para unos, demencia para otros.


  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

Es el corazón que, en vez de sangre, bombea sensaciones por el cuerpo, renueva experiencias como si estuvieran pasando en el momento, trae al presente ideas antiguas, revive a personas muertas, aniquila momentos amargos y revitaliza sueños rotos. Música es ese sonido que mantiene los recuerdos vivos, que incluso más que una foto, inmortaliza instantes, materializa intangibles y, de cuando en cuando, trae lágrimas a los ojos. Música son las etapas transcurridas, resumidas en minutos; es la personalidad de la gente, el sentir colectivo con un toque de ritmo. Música es vida, mezclada con alegría.


  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

Siempre se ve lejana, imposible.

Desperté bien y, la verdad, no recuerdo haberme acostado nunca, o quizás sí. La cabeza me juega trucos, me hace malas pasadas, crea recuerdos que veo con tanta nitidez, que simplemente no puedo calificar como inciertos.

Todo empezó ese día, cuando pasé esas tormentosas horas acostada en la cama. Luces; sonidos, algunos estridentes, otros muy tenues; ¡explosiones, estallidos! Luego la calma. Calma, ¿será verdadera? ¿Duradera? No lo sabía, sigo sin saberlo. Uno no valora el sosiego cuando en el se encuentra, la cordura la toma por sentado. Pero esos tiempos de reflexión son fugaces, el ruido vuelve y ciega mi razón, una, otra vez. Otra más. ¿Cegará mi razón mañana? ¿Y el día inmediatamente después? No lo sé y no le tengo miedo. Perder la cabeza no es lo que me preocupa, lo escalofriante es cuando analizo todo, aquí, atada, cuando entiendo que les creí y que quizá no soy yo la discapacitada, sino ellos, teniéndome así, alcanzando la locura con mis propios pensamientos.


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