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  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

La justicia es radical y tiene normas tan establecidas que van en contra de la naturaleza subjetiva de los humanos. Un asesino es un asesino y merece dos cosas: o morir o pasar el resto de su vida en aislamiento. ¿Y sus circunstancias qué? A veces importan y a veces no, todo depende de lo influyente que sea esta persona, de sus contactos y de cuán mediático sea su juicio.


Tuve la oportunidad, o la desgracia, de escuchar sobre Pyro Joe porque hasta eso hace la justicia: reducir la identidad de quien comete un crimen a un seudónimo— Joseph Murphy pasó la peor infancia que cualquier niño podría tener, de esas que ni un cineasta de terror se atrevería a inventar; parafraseando sus propias palabras, cualquier cosa en prisión es mejor que estar en casa. Joseph ha vivido toda su vida, desde los seis años, entre correccionales, hospitales mentales y la cárcel. Sus papás fueron villanos que quizá, como él, fueron víctimas de las circunstancias, pero impregnaron en su hijo todo lo que está mal. Su papá, por llamarle de alguna manera, lo ofreció como medio de pago a un vendedor de licor porque no tenía dinero —no es necesario contar qué hicieron con él— y un día lo prendió en fuego para que la trabajadora social no viera sus cicatrices de maltrato. ¿De verdad podemos culparlo por no ser un modelo a seguir?


Joseph mató a una mujer inocente que no merecía un final así. ¿Estuvo eso bien? No, pero, de nuevo, ¿podemos culparlo por no ser un modelo a seguir?


Desde que entró a la cárcel no ha recibido una llamada, una visita, una señal de vida de su familia. Ha pasado la mayor parte de su condena en aislamiento y ha esperado que la muerte le llegue cuando quiera. Estuvo condenado a pena de muerte pero fue absuelto por su pasado. Ahora tiene amigos y un empleo —si es que puede llamársele empleo a ganar 16 dólares al mes—. Para él, la cárcel es su hogar, uno donde está protegido del velo de maldad que lo cubrió desde que nació, como una deuda sin saldar que él no se buscó.


La vida de Joseph es peor que una tragedia terminó plasmada en una serie documental de Netflix para atraer audiencia a través del morbo. Sus cinco décadas de dolor terminaron reducidas a unos minutos de narrativa comercial que entretuvieron a muchos y marcaron a otros, incluyéndome. Me pregunto, ¿cómo puede uno creer en el bien si pasan cosas como estas? ¿Si la desigualdad entre nosotros es tan marcada, que podemos crear shows de televisión a partir de las desgracias ajenas? Dios, Universo, Destino: si estás ahí, manifiéstate.

  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

Vive en una mansión natural increíble para la mayoría de ojos humanos. Plantas nunca vistas y animales creídos extintos por estudios recientes. Aparentemente es una casa normal, con un par de materas en el balcón delantero que poco hablan de lo que hay adentro. La magia empieza a unos diez pasos de la entrada principal. Nadie podría siquiera sospechar lo que hay tras pasar el umbral. Un árbol de casi 15 metros de altura abraza una de las columnas y allí cuchichean varios tipos de cóndores y otras aves no identificadas. Luego vino el agua, a temperatura perfecta para el clima del día, salpicando a quien se atreve a ingresar. Entonces llega el momento de tomar decisiones: ¿adentrarse en lo desconocido o conformarse con las maravillas ya vistas? Adentrarse, adentrarse.


Luego de caminar por casi 20 minutos a través de enredaderas y flores de colores, un sapo amarillo chillón hace un ademán de invitación a una cueva situada en la periferia. El Sacerdote interviene por vez primera y advierte peligro. Sigue la caminata entre charcos de agua y fango, con árboles que ya pasan los 40 metros de altura. En ese punto las aves están calladas, o tal vez, por la lejanía, sus voces son silenciadas. Llega un baño de hojas bañadas en oro. Su brillo es inclemente a la vista y el sollozo es inevitable. El Sacerdote sonríe porque sabe que sus ejemplares son únicos e intocables, porque todo aquel que habla de ellos es visto como demente.


Una hora, dos, tres. ¿Cuánto falta? El Sacerdote no modula palabra, la paciencia lo corona. Entonces llega una niebla celeste que cobija la ahora evidente sabana. ¿Es una casita? Se ve al fondo como conclusión a una tarde inimaginada. "Nada de casitas", responde el Sacerdote apresurado. Esa es la Gadda da Vida.

  • Foto del escritor: Celeste Granda
    Celeste Granda

Hoy me puse a pensar en las costumbres de los colombianos, o los paisas (oriundos de Medellín), que son los que conozco, y las interminables contradicciones a las que estas se enfrentan cuando de actuar se trata. Para nosotros "madre solo hay una" y defendemos a capa y espada a esa mujer que nos dio la vida: una mamá no se toca y el que se atreva, no solo se las ve con sus hijos, sino con los medios y las 100 publicaciones en redes sociales que se resumen en un hashtag. Esto es bonito, ¿no? Ese sentido de arraigo y amor por nuestras progenitoras. Lo que me cuestiona es que hay una matrona, LA MATRONA DE MATRONAS, que no recibe ni una pizca de respeto, ni una lágrima, ni una indignación. Lo peor es que ese porcentaje bajo de gente que sí la quiere y busca su bienestar es tildado de mamerto. Sí, señores, hablo de la Madre Tierra. No, no soy una mamerta y no, no me voy a amarrar a un árbol por escribir este texto.

Madre, según la Rae, es la "causa, raíz u origen de donde proviene algo" y en ese orden de ideas, la tierra es madre de todos nosotros, pero la tratamos como un proveedor de bienes de uso rápido que tiene recursos ilimitados para una sola de sus millones de especies (nosotros, por supuesto). A nadie le importa una mata de perejil si las señales que nos da nuestro entorno son de peligro, o si nuestros hermanos animales sufren por nuestra causa. Nuestra madre sangra como nunca y lleva varias décadas en una agonía incesante que parece ser invisible.

¿Acaso ella no merece consideración? Ella, la que nos permite a todos estar aquí, haciendo lo que nos place. Destruyéndola, incluso...


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