- Celeste Granda
Hace unos días leí una noticia que me dejó helada y me llenó los ojos de lágrimas. Sí, adivinaste: es sobre maltrato animal. No, no pasó en mi país, pero es un negocio que lucra a muchísimas personas a costa de actos macabros. Sí, esto pasa a diario, en diversas partes del mundo, ¿por qué escribir precisamente sobre este hecho? Porque no solo involucra a un animal -que por definición es una criatura indefensa que está a merced de lo que los humanos dispongamos-, involucra a bebés, pequeñas crías que son arrebatadas violentamente de los brazos de sus madres para padecer una muerte llena de dolor en manos de unos hijos de puta sin escrúpulos, cuya conciencia solo funciona si hay un signo-pesos de por medio.
Por más que he intentado dejar ir esto, no puedo dejar de pensar que, mientras mis gatas -por ejemplo- están pasando una vida llena de mimos, cuidados y amor, hay otros animales que están siendo arrebatados de su libertad, de su derecho a tener una familia y su derecho a caminar por el planeta Tierra sin ser secuestrados y ejecutados.
¿Hasta cuándo va a seguir el hombre lucrándose con el sufrimiento ajeno? ¿Cuándo saciará su deseo de poder y de someter a otros a su cruel voluntad? Me pregunto si estas personas tienen hijos, una pareja, un hermano, una madre. Me pregunto si ellos tienen la capacidad de amar y consentir a otro que no sea ellos mismos. Porque si tienes el más leve asomo de cariño en tu corazón, en el fondo debes saber que lo que haces no solo está mal, ¡ES HORRIBLE! Y no tiene la mínima justificación.
Este tipo de noticias son las que sacan a relucir a mi monstruo interior que quisiera barrer con todas las personas violentas del mundo, exterminarlas y sacarlas de donde puedan estar cerca de los animales y personas indefensas. Pero eso, acaso, ¿no me convertiría en alguien parecido a ellos?
- Celeste Granda
Mi niño, mi pínchipe, mi ñiñi, el primer peludito que llegó a mi vida, a llenarla de retos, de aventuras y de mucho amor. Yo sabía que mi pequeña larva atómica estaba envejeciendo y que, inevitablemente, llegaría el día en que no estaría con nosotros, lo que no me esperaba es que fuera "tan pronto". 14 años en un perro es un montón, pero para mí se pasaron volando y se me escaparon entre los dedos. Siempre lo mimé y le di a entender lo mucho que lo amé, solo que a la hora de haberlo encontrado así, con los ojitos abiertos y la mirada perdida, sentí como si no hubiera hecho lo suficiente, como si le hubiera quedado debiendo caricias y palabras de afecto.
Ese día de febrero lo puedo nombrar como el peor de toda mi vida. Solo comparo ese dolor que sentí en el pecho como cuando el hombre que pensé iba a ser mi esposo, decidió marcharse. Caminé por la orilla de la quebrada esperando que fuera mentira, que el niño no fuera el cadáver que se encontraron allí. Corrí hacia el agua con mi ropa puesta y lo vi acostado, siendo devorado por un ave de rapiña. Me quedé sentada en el agua con el corazón destrozado –así lo sentí, literalmente–, mi mamá lo recogió y se fue, pero yo solo esperaba que todo fuera un mal sueño.
Hoy entiendo que te tenías que ir, y aunque en medio de la ansiedad yo piense que no te demostré suficiente amor, espero que desde el cielo de los perritos leas estas palabras y recuerdes que eres un ángel que marcó a muchas personas en la tierra, que fuiste el peludo más amado de todas las galaxias y que espero encontrarme contigo al final del arcoíris para que terminemos este viaje juntos y empecemos uno nuevo.
- Celeste Granda
Mi primera noche, mi debut. Todavía recuerdo lo espléndido que me sentía. Estaba recién puesto, aún olía el pegamento fresco a mis espaldas. El huésped que me instaló tenía unos 75 años. Honestamente, parecía de 90, pero, ¿Quién soy yo para juzgar? Quizá el olor a pegamento nubló mis sentidos. Sí, dejen de mirarme, yo tengo sentidos. Bueno, ¿en qué estaba? Ah, sí, el pegamento. Algunos inquilinos utilizan más o menos de él. Honestamente, no sabía qué esperar, era mi primera noche colgado en la pared, la emoción de todo lo que había escuchado estaba a flor de piel —o en mi caso, a flor de papel— y nunca pensé que llegaría el final. Al menos no tan pronto, aunque convivía con un hombre de 90 años. O 75.
El moho no es el peor enemigo, aunque no lo crean. Lo malo viene cuando nuevos visitantes deciden ver la casa con ansias de comprarla, pero dicen en voz alta, como si mis sentimientos no valieran un peso, cuán feo estoy y cómo yo seré lo primero que reemplacen cuando se muden acá. ¿Acaso no saben de historia? ¿No entienden sus minúsculos cerebros cómo yo le doy valor a la propiedad, porque la mantengo original? Es qu...
—Sí amiga, ya casi salgo, me retoco el labial y voy para allá. Sí, no me demoro. ¡Claro que estoy lista! ¿Te mando una foto para que veas? OK, besos.
—Claro, ¿Qué pueden esperar, si ese es el tipo de personas que habitan la casa? El anciano de 90, 75, o los que sea, no era precisamente el roomie soñado, pero si yo hubiera sabido que lo iban a reemplazar, 50 años después, con una mocosa desconsiderada que solo piensa en fiestas y muchachitos mugrosos que no valen la pena, tal vez me hubiera tomado más tiempo en apreciarlo.
Pero bueno, sigamos con la historia. El pegamento... no, no, de él ya conversamos. Los nuevos visitantes. Sí, son un dolor de muela. Recuerdo la primera vez que me pusieron una capa nueva. El olor a pegamento no era ya agradable ni emocionante, era el recordatorio de mi obsolescencia. El primero es siempre el más doloroso, el que sentía directamente en mi piel, como una astilla indeseada; pero mi astilla cubría toda mi existencia. Luego vinieron otros colores, nuevos diseños. Cada vez pasaba menos luz a través de mis poros. Me fui desvaneciendo y el olor a pegamento nuevo y desgastado era tan abrumador que mis fibras se iban condensando con las de otros, hasta que casi perdía mi propia esencia.
Capas, capas, cada vez más capas. No sé cómo pude guardar la cordura. Mi vida y su duración dependen del mal gusto de cualquiera que pueda pagar por mi hábitat.
Todavía recuerdo la quinta capa: ahí me quedé ciego. Lo poco que podía husmear con mis desgastados ojos se fue por el escusado. Por eso hoy solo escucho los llantos impertinentes de la chiquilla de turno.
Vivir tras las capas es como morir en vida. No sé cuándo parará el sufrimiento ni cómo podré librarme de él. No sé por qué estoy tan solo, en una dimensión plana estripada entre papeles, pegamento, historias diversas y lo más doloroso, una existencia atrapada en el olvido.
