- Celeste Granda
Más de una vez me han sugerido que expanda mis gustos musicales más allá del rock. No me malinterprete, querido lector, yo puedo apreciar más de un género, pero es ese que menciono el que se posa indestronable en mi lista de favoritos. Por qué, se preguntará...
Póngase a pensar en el Grunge, que es sin lugar a duda mi subgénero predilecto: sus intérpretes más destacados estaban en sus 20s cuando su época dorada, empezando los '90, florecía. ¿Y qué los hacía especiales? Transformar su miseria en arte. En su mayoría consumían drogas, provenían de familias disfuncionales y padecían problemas mentales. En su mayoría murieron empezando sus 30s. En su mayoría, por último, escribieron canciones atemporales que ejemplifican el malestar de la juventud, sin importar la época en que se viva.
Tomaré un párrafo para hablar de mi musa: Alice in Chains, o mejor dicho, Layne Staley. Este hombre cuasi mítico logró describir de forma magistral lo que es estar mal y no querer estarlo en cada uno de sus álbumes. En su 'side-project' Mad Season, se reunió con sus colegas más notables para inmortalizar la depresión en 10 canciones cortas. Los solos de guitarra, las voces, el saxo, el arte mismo de la portada del álbum –'Above', si se pregunta por el nombre–. Cada detalle evoca una emoción y trae consigo un trozo palpitante del alma de su intérprete. Lo más curioso es que, pese a ser música 'underground', Mad Season llegó al puesto 24 en la lista Billboard del '95, prueba de que más de uno le copiaba.
Si usted llegó hasta acá, seguro se pregunta a qué viene todo esto y a continuación le respondo: a que el arte que consumimos habla mucho de nosotros y puede usted llamarme anticuada, pero mutar conforme lo hace la moda, solo por encajar, no ha estado en mis planes nunca. Si no lo estuvo en mi época de colegio, cuando ser diferente era un crimen pagado con bullying, no lo estará ahora que he crecido.
Entonces la próxima vez que decida usted preguntarme por mis obsoletos gustos musicales, será a este texto frenético y espontáneo al que habré de direccionarlo.
- Celeste Granda
Hoy recordé la frase que Testament perpetuó en su canción Return to Serenity del álbum noventero The ritual. El coro establece "...my head's my home... I'll return to serenity". ¿Cuánta verdad? Nos pasamos la vida encontrando paz cuando esta yace en cada mente, en su propio nido, esperando a ser cuidadosamente incubada por nosotros mismos. Y es que la serenidad no puede consistir en un estado que se halla luego de años de búsqueda, sino el camino mismo que vamos cementando con acciones: haciendo lo que nos apasiona y abriendo campo exclusivamente a lo que nos hace bien. Como cualquier morada, debe ser vigilada, porque no faltan intrusos, como el miedo, que se intentan inmiscuir para hacer el mal.
Esta analogía se me cruza con otra. ¿No les ha pasado que tienen, por ejemplo, los lentes puestos y se vuelan la cabeza buscándolos en todos lados? Pues bien, así mismo, por jocosa que parezca la comparación, desperdiciamos años, a veces la existencia entera, buscando eso que tenemos puesto y que haría de nuestros días momentos más llevaderos. Cuando veo en redes sociales frases como "solo se vive una vez" me pregunto: ¿será que quien lo publica está consciente del peso de esta afirmación? ¿Será que sí vive cada instante como si este fuera irremplazable? No creo. Tantas guerras –incluidas las internas–, tantos disgustos innecesarios y tanta amargura por sandeces... ¿es así como se disfruta esa vida que no tiene par?
- Celeste Granda
Varias veces me he preguntado adónde van las cosas rotas: los pensamientos relámpago, los dibujos interminados, las ideas no escritas. Hoy me pregunto adónde va ese hilo rojo del que todos hablan pero nadie ve. Dónde quedó la chispa que salió cuando descubrimos que nos gustaba el café después de clase y la misma banda noventera, 'underground', en épocas de crisis. Adónde se van las miradas a la luna con la esperanza de que está última sirva de espejo ante la distancia. Dónde –que alguien me diga– se almacenan los excesos de latidos cardiacos que se anidaban en el pecho mientras hablábamos. Adónde van los viejos amores y los momentos únicos que cada uno trajo consigo. ¿Dónde está la complicidad? ¿Dónde se alojó el idilio?
¿Será que sigue por ahí la excusa que inventé para hablarte, siendo reciclada por otra chiquilla inexperta? ¿Siguen tus lentes embebidos por mi aliento? ¿Adónde se fue el tacto cómplice y secreto que tuvimos mientras los otros conversaban? No sé. Tampoco sé por qué escucho Stone Temple Pilots y me acuerdo de vos. O pienso en los textos tuyos que nunca leí. No sé por qué te dedico mi noche dominical en párrafos sueltos mientras canta, precisamente, Scott Weiland. No me cabe en la cabeza que siga pensándote. Y a vos. En la misma medida. Con distinta intensidad.
